Josefina Mata, mexicana de Tijuana es la primera (ya tengo alguna mas encargada) firma invitada en esta pagina. ¿Por que invitar a Josefina? Porque escribe muy bien, me gusta mucho su blog y porque me cae muy bien. Josefina crecio en Mexico, pero necesitaba conocer mundo asi que ni corta ni perezosa se matriculo en Filosfia en la complutense, se licencio y decidio estudiar cine en Nueva York para ser una gran directora mexicana. Con todos ustedes Josefina Mata.
Mi abanderado Union Square sin bandera
Después de un lustro y medio de terapia de exteriorización paternal, “conocer gente nueva” ha dejado de ser verbo en el “conocer” y adjetivo en el “nueva”. Sin embargo, una petición montañesa me obliga a renovar ambos conceptos, plantándome con ansiosa expresividad frente al sustantivo restante: gente. Desde el pseudoasiático de mi clase hasta el kenyano “parfect”, pasando por el gallego “más pesado que un kilo de mierda en una pestaña”, las múltiples pero individuales apariciones neoyorkinas, acontecidas en mi última trimestral vivencia, me dejan aunque sea un poquito que contar.
Fue a mis 18 años cuando descubrí que la novedad es el mejor de los alimentos para lo que muchos y pocos llaman “alma”. Aunque no siempre somos capaces de digerirla bien, estoy segura que la novedad más nutritiva es la de quienes nos rodean. En esas ciudades eléctricamente coloridas, como Nueva York, o bien en aquellas conocidas hasta por los bichos menos perceptibles de este planeta, como Nueva York, conocer gente nueva nos mantiene vivos ante el riesgo de la rutina-asesina de la cotidianeidad. Vivos de una manera misteriosa y, a veces, contradictoria, porque todos los días llega gente, ¿nueva?, a conocer gente, ¿nueva? Todos somos nuevos en Nueva York. En mi Brooklyn, su Manhattan, tu Queens o, dirían en tierras españolas, vuestro Bronx, siempre hay alguien nuevo (o algo nuevo de alguien) que conocer.
Y fue a mis 23 abriles que Union Square entró a mi vida con la bandera de “segundo hogar secundario”. Aunque mis recorridos diarios, diurnos y nocturnos, se limiten a las cuatro paradas del “L train” que me llevan de la New York Film Academy a mi casa brooklyniana en la mal pronunciada “calle del diablo”, dos-tres-etcétera detalles quedan sorprendentemente registrados en mi ya vieja, y a veces pendeja, memoria. La china del deli de la esquina me dice el total del café en un castellano nuevo para mis oídos el mismo día en que un nuevo chileno me cuenta un poco de su vida en la entrada vecina del “Green” donde hallo mexicanos nuevos cada mediodía de mi “lunch” gringo. Escasas son las palabras que cruzo con estos neoyorkinos, en comparación con las “neorrepetidas” frases, a veces académicas y a veces novedosas, que me sirven para entablar conversaciones con esos otros “menos nuevos” neoyorkinos: mis compañeros de este “filmmaking” anual. Ya sea la española maja, el venezolano que siempre la acompaña, la coreana novata, el ucraniano amante de la “miso soup”, el chino-estadounidense despistado, la colombiana comprometida, el francés divorciado o la canadiense “so hot”, alguien se cruza en mis días derramando un inglés multiforme que me renueva sin previo aviso.
Y así es Nueva York: cualquier día, sin tomarme la molestia de buscarlo, lo nuevo, en forma de un italiano perdido en las calles cercanas a la NYU o de un hindú que lee a Neruda y posiblemente a Sabines , entra en mi abanderado Union Square.
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